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domingo, 7 de octubre de 2012

El Encuentro


 Sus pasos se oían por la húmeda calzada en el silencio de la madrugada. El vapor que exhalaban sus labios dibujaba pequeñas nubes que desaparecían en el aire en segundos. Rebuscó detrás del guante de lana la esfera de su reloj. El autobús estaba a punto de pasar y aún la quedaban unos cincuenta metros para llegar a la parada. Miró hacia atrás y vislumbró la alta silueta del autocar con sus inconfundibles luces interiores.
-                     ¡Mierda!- se dijo y agarrando su bolso comenzó a correr hacia el pequeño habitáculo de aluminio que albergaba en ese momento a un par de personas del frío del invierno- ¡Que no sea el L-3 por favor!- rogó mentalmente mientras sus pulmones protestaban por el inesperado ejercicio- Tengo que dejar de fumar
Pero eso era una de las muchas pretensiones que todos los primeros días del año se hacía y al final por h o por b nunca se molestaba en cumplir. Otra era, que trabajando como trabajaba en un centro deportivo, debía de comenzar a realizar algo de ejercicio, pero tampoco lo cumplía.
Cerró automáticamente su mente a su conciencia y siguió moviendo sus pies tan rápido como podía. Llegó extenuada y jadeando justo cuando el bus abría sus puertas. Esperó su turno para subir y palpó en su bolsillo en busca de bono transporte. Nada. Rebuscó en el otro lado. Nada. Resopló enfadada consigo misma. Esa misma mañana había decidido cambiar su anorak de diario por el bonito abrigo que había recibido como regalo en Navidad. Quería presumir ante sus amigas. Y el maldito abono se hallaba en el bolsillo de la otra prenda. Poniendo los ojos en blanco por no soltar el taco que nacía en sus amoratados labios abrió el bolso en busca de su monedero. Lo tomó entre sus enguantados dedos y lo abrió. Sacó 10€ del pequeño compartimento, que quedó vacío, y lo extendió al conductor. Este impávido negó con la cabeza.
-                     No se admiten billetes superiores a 5€.
-                      Pero es que no tengo más.
-                     Lo siento. Entonces tendrá que bajarse.
-                     Por favor. Llegaré tarde al trabajo si tengo que bajar y buscar alguna cafetería que esté abierta a estas horas.
Sin inmutarse lo más mínimo el chofer abrió nuevamente las puertas y la invitó a salir.

Lágrimas de frustración comenzaron a brotar de sus oscuros ojos. Miró a través de las pequeñas gotas  hacia las personas más cercanas de las escaleras pero estas giraron sus cabezas mirando hacia la obscuridad de las calles o bien se hicieron las amodorradas.
-                      ¡Viva el espíritu navideño!- pensó con sarcasmo y comenzó a girar su cuerpo para descender del autobús.
De repente en el habitáculo se oyó una profunda voz:
-                     Espera por favor. Yo pagaré tu billete.
Tanara buscó entre el atiborrado vehículo la voz de su salvador. Tan solo veía cabezas, todas girando en dirección hacia la voz varonil.
Se alzó de puntillas para poder ver a su bienhechor pero no consiguió nada. Frustrada iba a contestar cuando vislumbró tan solo un obscuro y denso pelo negro, una frente levemente bronceada y unos ojos… que la impactaron. Unas espesas cejas bordeaban dos profundos océanos. Un guiño de complicidad oculto por segundos esos zafiros.

 -                     No puedo pasar. Tendrás que conformarte con que te pasen las monedas. Por favor, ¿le importa?
Tanara podía ver el pequeño movimiento de las manos pasándose unas a otras el importe del billete. Al llegar a las manos de la joven que estaba a su lado, se las pasó algo sonrojada.
-                     Gracias- gritó hacia el fondo del autobús- yo me bajo en el centro deportivo La noria. Trabajo allí. Pregunta por Tana y saldré a pagarte.
Silencio absoluto por respuesta. Un carraspeo inquieto atrajo su atención. El conductor la observaba, quieto, sin poner en marcha el bus.
Se giró hacia el conductor y colocó las monedas sobre el pequeño tapete.
-                     Un billete sencillo- pidió fríamente al hombre.
El resto del trayecto se lo pasó intentando vislumbrar esa mirada azul profunda. En cada parada observaba las siluetas una y otra vez hasta que el autobús se alejaba renqueante de ellas. Y por más que bajaban personas del bus, parecía que no se vaciaba nunca porque en ningún momento pudo tener acceso hacia el interior.
Al llegar a su parada suspiró frustrada. Tooooodo el maldito autobús decidió bajarse allí.
-                     “¿Regalan algo hoy y yo no me he enterado?”- se dijo mentalmente.
Hombres, mujeres, jóvenes de su edad, adolescentes, todos bajaban en tropel. Tanara observó que tan solo habían quedado unos cuantos viajeros sentados. Buscó los ojos pero ninguno de los que miró eran los que ella buscaba.
-                     ¿Va a bajarse o qué?- oyó la protesta del chofer.
-                     Si.
Comenzó a bajar en silencio los escalones y justo al llegar al final su sarcasmo salió a flote.
-                     Y Feliz Navidad a usted también.
Y con un pequeño salto se perdió entre los transeúntes que penetraban al centro deportivo.

-                     ¿Tana?- oyó la voz de su encargado- ¿Se puede saber donde se encuentra hoy tu cerebro?
-                     ¡Eh!- miró perdida a la silueta que se encontraba a escaso medio metro de ella.
-                     Llevo hablándote más de cinco minutos y estás asintiendo como una lela pero no veo que te muevas.
Tanara sintió sus venas arder ante el insulto de su superior. Hacía tiempo habían tenido ya más de una discusión por la forma en que este se dirigía a su personal subalterno. Antes  de poder sellar sus labios su pronto salió a la luz.
-                     El único lelo aquí eres tú.
Su inmediato superior abrió los ojos estupefacto ante la repuesta de la joven. Tanara se mordió nerviosa el labio al ver como la tez del hombre enrojecía por la ira. Ella y su lengua, mejor dicho, su lengua solita. Más de una vez la metía en problemas. Y ahora mismo, ese era uno de esos momentos.
El hombre entrecerró los ojos en gesto vengativo y sonriendo como si tal cosa, susurró con voz casi amenazante.
-                     ¿Lelo, eh? Pues este lelo te ordena que hoy no vas a estar en tu puesto habitual. Mira tú por donde una de las chicas de la limpieza ha llamado diciendo que se encontraba indispuesta. A María la tocaba doblar turno, pero tú como buena compañera que eres vas a cubrir su cargo.
-                     Pero yo soy ordenanza, no puedo realizar ese trabajo- protestó.
-                     Y yo soy quien te ordena. Y sí, digo que sí vas a realizar su trabajo. O eso, o mañana...
Girando sobre sus talones, la joven se encaminó hacia el almacén donde las empleadas de la limpieza se vestían y tomaban los carritos con todos los artilugios de limpieza.
Saludó a las dos compañeras. Por suerte, en su puesto de trabajo, conocía a todos los empleados del centro.
Le explicaron lo que tenía que hacer. Esa semana a María le correspondía limpiar y recoger el vestuario masculino. Además de los pasillos comunes y las pequeñas oficinas donde los profesores de los distintos deportes que se realizaban en el polideportivo descansaban tras sus clases.
Comenzó a recorrer con la mopa los largos pasillos internos. “¿Cómo puede ser tan cochina la gente?”- pensó, mientras recogía decenas de pequeños papelitos de todas clases.
Atravesó el pasillo que tenía cristaleras que daban a la pista de atletismo, sorteando usuarios que la miraban empujar la mopa como si en su vida no hubiesen visto a nadie barrer o fuese un extraterrestre sacado de una película de corto presupuesto.
Miró su reflejo en los cristales. Buscando el motivo por el cual, la gente, la miraba. En el impoluto cristal tan solo vio el reflejo  de su figura. El pijama estilo sanitario que las chicas le habían prestado. El pelo recogido en un apretado moñete. Bueno, a excepción de su rebelde mechón de pelo del flequillo, que andaba haciendo de las suyas.
De repente una silueta masculina llamó su atención. Un hombre atlético, de pelo negro y fuertes brazos secaba el sudor de su rostro. Su torso musculoso y moreno se  marcaba perfectamente tras la camiseta sudada. Unos pantalones de atletismo cubrían su cintura, dejando a la vista los músculos de sus muslos y piernas.

                Tanara desconocía el porqué de su curiosidad con ese desconocido. Su cuerpo, su indumentaria no destacaba entre todos los demás deportistas que le rodeaban, sin embargo, algo en él atraía su mirada como un imán.
De repente, el desconocido alzó la cabeza y miró hacia ella, fijamente, sin parpadear. Nerviosa, pillada in fraganti, tomó el palo de la mopa de nuevo, para seguir con la tarea, mientras notaba sus mejillas ardiendo. Iba a comenzar a andar cuando una luz en su cerebro se encendió.
-                     “¡Pero seré mema!”- se dijo- “Si él no puede verme”- recordando que los cristales eran espejos por el exterior.
Se paró en seco y siguió contemplando al morenazo que seguía mirando en su dirección.
-                     “Narcisista”- pensó- “lástima, parecía interesante”.
Como oyendo sus pensamientos, el atlético hombre se acercó hacia ella, sonriendo a su reflejo.
Tana no podía dejar de contemplar esa sonrisa ladeada, picara e insinuante a la vez, haciendo que sus mejillas formasen hoyuelos a los lados de tan perfectos labios. Pero fueron sus ojos los que llamaron su atención.
-                     ¡SUS OJOS! Es ÉL.
Sí. Eran inconfundibles. Esos ojos la habían hecho estremecer esa misma mañana en el autobús y como entonces, sus piernas empezaron a flaquear. Notaba el latido de su corazón en la garganta.
Miró el alborotado pelo negro, la sonrisa, la mirada. ¡Sí!, sin duda. Mas lo que la hizo quedarse de piedra fue el movimiento de él. Guiñando un ojo al cristal extendió su mano y la apoyó sobre el mismo, abriendo ligeramente los largos dedos, justo delante de la figura de la chica.
             Totalmente hipnotizada Tanara extendió su mano y la colocó sobre la del hombre, que hincó su profunda mirada azul sobre los ojos de la chica, sus labios dejaron de sonreír pícaros y se hicieron más insinuantes. Como si pudiese ver a través del espejo y contemplase a la mujer que deseaba.
Tanara despegó de inmediato los dedos del cristal. El leve movimiento de cabeza del hombre, negando tristemente ante su rechazo hizo que la mujer tomase con rapidez la mopa y se deslizó lo más deprisa que sus piernas le daban a por el resto del equipo de limpieza, dejando al desconocido en el exterior revisando sus movimientos.
Abrió la puerta que comunicaba el pasillo con los vestuarios, empujando el carrito contra ella y cuando esta se cerró aparcó el artilugio a un lado y se apoyó sobre el pesado portón deslizándose hacia el suelo porque sus piernas no la sostenían.
-                      Es imposible- dijo en voz alta, intentando aclarar así su mente.- no puede ver nada a través del cristal, pero aun así, parecía que sabia que yo me encontraba allí.
Un escalofrío recorrió su cuerpo. Temblaba de pies a cabeza. Miedo y una extraña sensación la recorrían de arriba abajo. Una sensación de desasosiego mezclada con cierta excitación, al recordar, como esos largos dedos parecían acariciar en íntimo contacto su mano.
Sintió golpear la puerta sobre su cuerpo.
-                     ¡Aug!- se quejó.
-                     ¡Perdón! ¿Hay alguien ahí?- preguntó una voz masculina.
-                     Sí, un momento por favor, estoy limpiando una mancha.
Como un resorte su cuerpo se alzó en cuestión de segundos y tomando la fregona comenzó a restregar una mancha imaginaria sobre el linóleo del suelo.
Pasados unos minutos abrió la puerta con una sonrisa de circunstancias en sus labios.
-                     Ya puede usted pasar- le dijo al hombre maduro que se introdujo sin más por el hueco de la puerta mientras inspeccionaba el suelo mojado y eludía la parte húmeda del mismo- Alguien ha vertido un refresco en el suelo.
-                     En mal sitio- respondió el hombre.
-                     Si, menos mal que lo vi a tiempo- y la joven siguió fregando mientras tomaba una señal de advertencia de “Suelo mojado” y la ponía por delante de la abierta puerta, sujetando esta con una cadena al gancho de la pared.
-                     ¿Se puede saber que ocurre aquí?- se oyó decir a la voz de su encargado, que apareció de la nada y que miraba con desconfianza la situación.
Antes de que Tanara pudiera responder, el hombre al que había dado paso habló:
-                     He de felicitarle por su personal. Si no llega a ser por la señorita podría haber habido un accidente- y girándose hacia la joven dijo- Gracias.
-                     De nada- respondió la aludida- solo cumplo con mi trabajo.
La silueta del hombre se perdió tras la puerta de los vestuarios masculinos. El encargado se giró hacia Tanara que sonreía ufana.
-                     Bueno bueno- comenzó a decir con retintín su superior- ya que cumples tan bien con tu trabajo puedes comenzar a limpiar el vestuario y las duchas masculinas.
-                     Ahora mismo están ocupadas- fue la respuesta cortante de Tanara- no se pueden recoger hasta las 11, cuando los usuarios saben que deben de dejarnos limpiar.
-                     Pues yo te ordeno que lo hagas ahora.
-                     Pero…
-                     ¿Si? ¿Algún problema?...O ¿es que la señorita tiene remilgos por ver unos cuantos cuerpos masculinos en paños menores?
-                     Ningún problema- replicó Tanara mordiéndose la lengua para no insultarle.
-                     Entonces…ya estás tardando- y girándose comenzó a alejarse por el pasillo- y dentro de una hora vendré yo mismo a inspeccionarlos- amenazó mirandola por el rabillo del ojo.
En un arrebato infantil, Tanara le sacó la lengua cuando nuevamente el hombre la dio la espalda.
Enfurruñada y gruñendo por lo bajo comenzó a empujar el carrito hacia la puerta de los vestuarios.

-                        "¡Por Dios que no haya nadie!"-rogó mentalmente.
Penetró al interior del habitáculo. El olor a sudor y una mezcla de distintos perfumes de productos de higiene golpeó su nariz e hizo que la arrugase.
Aparcando el carrito a un lado, comenzó a recoger las toallas que el centro repartía a los usuarios y que estos debían de dejar en un cesto, que se encontraba para ese fin, en cada pasillo de taquillas.
-¡Guarros! Se creerán que somos sus criadas- explotó en voz alta la joven metiendo el montón de toallas sucias en el canasto.
Comenzó a barrer el pasillo, cerrando las puertas de las taquillas vacías que se habían dejado abiertas. Comenzó a tararear una canción mientras fregaba el suelo.
-                     Por lo menos no me he encontrado a nadie- rió satisfecha- ese cabrón se va a quedar con las ganas de verme avergonzada por haber visto a alguno en pelota picá.
Se rió con ganas y su risa produjo un leve eco en el silencio del vestuario.
Giró hacia el pasillo que se encontraba más cercano a la zona de duchas.
Comenzó la rutina de recogida de toallas y canturreando de nuevo soltó el abultado paquete en el consabido cesto.
De repente un repiqueteo de agua cayendo de una ducha se oyó en el silencio del vestuario. Paró en seco. Oyó unos labios masculinos silbando. El golpeteo de unas zapatillas al caer sobre el suelo seguido de un leve murmullo que dedujo era la ropa cayendo sobre el enlosado.
El ruido del agua quedó amortiguado levemente hasta que una voz profunda comenzó a cantar.
Las piernas de Tanara temblaron.
“Espera por favor. Yo pagaré tu billete”. Su voz. Era su voz. Le vino a la mente la imagen de él a través del cristal. Su mano sobre la suya. Y sin percatarse de lo que estaba haciendo Tanara comenzó a deslizarse silenciosa hacia las duchas.
Lo que vio la hizo jadear impresionada. El desconocido relajaba su cuerpo bajo la humeante agua de la enorme alcachofa de la ducha. Restregando su musculoso cuerpo con las manos, enjabonándose.
             Sintió sus mejillas arder y un latido entre sus piernas. Deseaba ser esas manos. Deslizar sus dedos por esos músculos poderosos y sentir como la piel del hombre se erizaba con sus caricias.
Tórridas imágenes de ambos en distintas posturas y momentos inundaron su mente, haciendo que su corazón latiese a mil por hora y que sus zuecos repiqueteasen sobre el suelo mojado.
El desconocido sacó su cabeza levemente de debajo del chorro del agua, escuchando.
            Tana ni respiraba. Quieta y pegada a la pared que ocultaba su presencia. El canturreo prosiguió y respiró aliviada. Comenzó a alejarse en silencio, cuando la ducha dejó de correr.
De puntillas para que su calzado no volviese a delatarla decidió dirigirse hacia la salida. Si su encargado la encontraba fuera, diría que había usuarios usando las duchas y que la habían obligado a salir.
Giró hacia las taquillas de la izquierda cuando de repente se encontró rodeada por unos brazos masculinos envueltos en un albornoz negro.
-                     ¿Me buscabas?- susurró la voz sobre su oreja haciendo que la piel de su cuello se erizase.
-                     N-no- su voz salió en un hilillo. Carraspeó ligeramente antes de proseguir- oí que alguien estaba usando las duchas y decidí salir antes de que me llamase la atención.
Una risa entrecortada salió de la garganta masculina.
-                     Pequeña mentirosa- comenzó a decir- podía sentir tu mirada en mi piel. Tus ojos hambrientos recorriéndome y queriendo rozar mi cuerpo con tus manos.
-                     Eso no es cierto- protestó airada.
-                     ¿No?- y mientras preguntaba, las manos del hombre rodearon su cintura y acercaba su torso semidesnudo y húmedo a la joven.
Los labios de él comenzaron a rozar con ligeros besos el cuello de ella. Un jadeo salió de los labios femeninos y sin apenas darse cuenta sus brazos rodearon el musculoso cuello acercándolo más a ella.
Las manos de él se volvieron más atrevidas. Comenzó a acariciar sus senos a través del uniforme. Los pechos de ella respondieron al instante. Endureciéndose y gritando oleadas de placer por todo su cuerpo.
Tanara sentía sus piernas como gelatina. Y apoyó inconscientemente sus caderas sobre las del desconocido, sintiendo la dureza de su erección. Sin quererlo, gimió. Queriendo sentirle dentro muy dentro de ella. En respuesta a su gemido, él poso sus labios sobre los de la mujer. En un beso posesivo, hambriento, sediento. Beso que Tanara respondió con la misma avidez.
Antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, se encontró sentada a horcajadas sobre él, sobre una mullida toalla que se hallaba sobre un banco de madera cercano. El rostro masculino reflejaba el deseo que sentía en ese momento. Y ella se sintió poderosa, femenina, peligrosa, provocativa, sexi… y una sonrisa lasciva nació en sus labios.
                   En respuesta, él tomó la parte superior de su uniforme y la deslizó fuera de su cuerpo. Dejando a la joven con el leve sostén de encaje que cubría sus pechos. El hombre soltó el pelo femenino dejando que cayese en cascada sobre el bello rostro. Los ojos azul profundo se entornaron en gesto de placer.
Comenzaron a acariciarse y a besarse bailando la danza del amor que tantos y tantos otros antes habían realizado.
Sentia la suavidad de los dedos masculinos deslizarse sobre su piel, erizándola a su paso. Las ardientes yemas de sus dedos marcando como a fuego el placer que la transmitian.
Sus dedos dibujaban círculos concentricos alrededor de su ombligo, ampliándose en cada suave pasada y acelerando la respiración de la mujer, que se aferraba al torso masculino. Expectante.
Los sensuales labios masculinos sustituyeron las plumas de sus dedos. Dejando suaves aleteos de mariposa en forma de besos. La tibieza de la lengua de él recorriendo su piel hizo que Tana soltara un gemido de placer. La osadez de la misma llegó a su punto álgido cuando con suma maestría acarició la rosada cima de sus senos. Las manos de la mujer enredadaron sus dedos en el húmedo cabello del desconocido, instándole a más.
En el leve embotamiento de sus sentidos, Tana le oyó reirse sordamente. Juguetón rozó ligeramente con sus dientes la pequeña protuberancia, mordisqueó y succionó haciendo que la joven exhalase un grito.
Los labios de él ascendieron hacia su cuello en busca del latido, posandose sobre él y dejando un reguero de humedad y placer en su camino hacia el lóbulo de la oreja.
Las fuertes manos acariciban los senos, sopesándolos, mimándolos, enardeciendolos con sus caricias.
Tana sintió fuertes latidos en su bajo vientre que apretó contra la dura erección masculina. Se sentía arder por dentro. Húmeda, dispuesta ya para sentirle en su interior.
Las caricias del hombre, el olor de su húmeda piel, las palabras susurradas, sus ardientes labios la instaron a que sus manos dejasen de acariciar sus anchas espaldas y tomasen entre ellas el miembro viril.
Lo sintió palpitar, engrosado, remarcando en su dureza las venas. La suave piel del prepucio, ardiente, resbaladiza. Con un solo movimiento lo introdujo en ella, ligeramente. Notó la tensión del cuerpo masculino ante el inesperado movimiento de ella.
- Aún no- le oyó susurrar sobre sus labios.
Pero Tana desoyo sus palabras y movió en pequeños circulos su pelvis. Subyugándole. Con un rugido sordo el hombre se dejo llevar y en un lento embiste penetró en la ardiente cueva despertando a su paso oleadas de placer.
Tana apretó sus caderas en busca de un mayor contacto. Las manos del hombre bloquearon ligeramente el movimiento. Comenzó a moverse lentamente, abriendo los tiernos pliegues y dejándose abrazar por los mismos. Podía sentir el latido en su interior. Su miembro se deslizaba por el nectar líquido de la mujer. Impregnándole y haciendo que la sintiese cada vez más. Los gémidos femeninos y las marcas de sus uñas sobre su pecho hicieron que sus embistes aceleraran el ritmo.
Las respiraciones de ambos rebotaban en el silencio del recinto provocando un eco que enardeció más sus sentidos. Sus gemidos actuaban como afrodisíacos. Tanara estalló en un grito de placer cuando sintió que su cuerpo llegaba al clímax y momentos después le siguió el gemido profundo de la voz masculina.

Extasiados aún, tomados de la mano, volvieron a la zona de las duchas, donde enjabonaron sus cuerpos y se besaron y acariciaron largamente.
-                     ¿Tanara?- se oyó la voz enfadada de su encargado.
El cuerpo se la joven se puso rígido, antes de que pudiese delatarse la mano masculina cubrió su boca.
-                     Aquí no hay ninguna Tanara- respondió el desconocido de manera cortante- mi nombre es Adam. De momento.-Y rió en silencio ante tan absurda sugerencia.
-                     Perdón- se oyó la voz del encargado disculpándose- estaba buscando a una joven de mi personal.
-                     Solo estoy yo- volvió a responder  Adam- y a no ser que quieras enjabonarme la espalda…
Una risa ahogada surgió de la garganta femenina, que David cubrió con más fuerza
-                     …Te sugeriría que me dejases en paz.
Un portazo se oyó en los vestuarios como toda respuesta.
Adam desplazó su mano de los labios femeninos y besándola tiernamente dijo:
-                      Creo, muy a mi pesar,  que debes de seguir tu ronda de tareas.
-                     Si - respondió ella mientras se deslizaba pesarosa de las manos de él y comenzaba a vestirse.
-                     ¿Tana?
Ella se giró hacia él al oír su nombre en sus perfectos labios.
-                     Te sugiero que utilices la otra salida, amor.
-                     Sí, mejor ¿no?- respondió mientras sus nerviosos dedos terminaban de vestirla, bajo la atenta mirada del hombre.
Comenzó a moverse hacia la zona que él la había indicado, aturdida, cuando oyó que nuevamente la llamaba.
Se giró en redondo para mirarle.
-                     Te espero a la salida cuando termines tu turno.
-                     Salgo a la tres- fue la respuesta de Tanara.
-                     Lo sé- respondió él misterioso- desde hace tiempo.
Antes de que pudiese preguntarle oyó voces masculinas que se adentraban en el vestuario.
-                     Vete. Nos vemos luego.
Tanara asintió en silencio y se escabulló por la puerta trasera empujando su carrito.
El resto del turno pasó como si estuviese entre las nubes. Recordando una y otra vez el encuentro con Adam en el vestuario.
Fichó en silencio y arrebujándose en su abrigo se alejó hacia las puertas de acceso al centro deportivo.
-                     “¿Estará esperándome?”- se preguntó- “o ¿tan solo ha sido una ilusión?”
La respuesta la llegó al salir por la puerta de pesado metal. Allí, apoyado en un banco de la calle, con sus fuertes brazos cruzados sobre su musculoso pecho estaba Adam, que al verla, sonrió abiertamente, mientras alzaba su cuerpo de su apoyo y con largas zancadas se acercaba a ella, la tomaba entre sus brazos y la besaba ardientemente.
Momentos después ambos se alejaban, en silencio, tomados de la mano, hacia la parada del autobús, que les había unido.

Cat.






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2 comentarios:

  1. Hola Cat!
    Por fin he encontrado el ratito para leerte.
    Me ha encantado ese encuentro tan inesperado con su salvador.
    Tu redacción es buenísima, me ha gustado mucho tanto el comienzo como la descripción que haces del momento íntimo que comparten.
    Por un momento pensé que era el típico ligón de gym pero no, la conocía y la deseaba desde hacía tiempo. Tana ha sido muy osada, pero quien no lo sería si te encuentras a semejante tío en las duchas? yo tampoco me lo pensaba.
    Gracias por compartir conmigo este relato.
    Un beso.
    May

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  2. Muchas gracias May, yo también hubiese osado jajajajaja espero compartir muchos más.

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